Dubrovnik, el arrebato dálmata

Croacia se desvanece hacia el sur, donde la costa dálmata rompe el Mar Adriático en hermosos desfiladeros y asentamientos milenarios. El trayecto descendiente desde Split serpentea hasta extinguirse entre la geografía interior de Bosnia y los puertos de Montenegro. Escondida en esa estrecha franja de litoral, frontera de naciones separadas, Dubrovnik surge con todo su antiguo esplendor. Esta ciudad milenaria, conservada entre murallas que destierran la modernidad, descansa de espaldas a la ‘ciudad nueva’ y a toda concepción de lo común. Dentro, los muros medievales imponen su presencia durante casi dos kilómetros perimetrados que ascienden en dieciséis torres y colman de miradores privilegiados más allá de los veinte metros de altura. Desde el suelo, brillan palacios, iglesias y museos; huele a cítricos, a flores y a pescado fresco; resuenan las calles sobre el clamor de los paseantes; sabe salado, caliente y reposado; el tacto es rugoso y limpio.

Panorámica de la ciudad amurallada. Dubrovnik

Panorámica de la ciudad amurallada. Dubrovnik

Dubrovnik recupera los sentidos después del bombardeo padecido en 1991 (guerra contra Serbia). La ciudad asoma de nuevo aristocrática, esplendorosa y deseada por múltiples visitantes que comparten paseos, sombras y banquetes. La antigua perla del Adriático nunca ha dejado de brillar.

El sentido de Placa

Un paseo sosegado sobre la muralla aproxima la ciudad, desnuda su entramado de calles y callejuelas, y advierte sobre la grandiosidad en clave nostálgica. Delata también la trascendencia de la Puerta de Pile, paso habitual de propios y extraños hacia intramuros; y el consiguiente flujo de vida que adquiere la empedrada calle de Stradun, popularmente Placa, una vía que perteneció a señores burgueses y ahora es resaca artística y patrimonial de antiguos palacios barrocos y monasterios (San Francisco y Santo Domingo).

La concurrida calle Stradun. También se la conoce como Placa.

La concurrida calle Stradun. También se la conoce como Placa.

Si el delta de Placa es la Fuente de Onofrio, su desembocadura es el mar, aunque se abre primero en la plaza Luža, diáfana y luminosa, dispuesta en terrazas de descanso diurno y ánimo nocturno. Desde ellas, el Palacio Sponza perfila su columnata de entrada ante la iglesia dieciochesca de San Blaise (Sveti Vlaho), construida en tributo al santo patrón de la ciudad. Siguiendo la corriente por Pred Dvorom, la plaza abre en el horizonte la cúpula de la catedral de Dubrovnik, construida con devoto agradecimiento por Ricardo Corazón de León, según cuenta la leyenda local. El camino hacia la catedral descubre el Palacio del Rector, viejo recuerdo gubernamental y edificio de gusto exquisito, así como museos, bares y alojamientos nacidos en rincones más íntimos. La trasera del templo despierta calma y pequeños hallazgos de placer, apenas a unos pasos de las plazas más concurridas.

La ciudad amurallada de Dubrovnik.

La ciudad amurallada de Dubrovnik.

Más allá del horizonte

Dubrovnik permanece serena y aseada entre las formidables murallas, mientras que el pequeño puerto que abre la ciudad al mar rompe cualquier secreto. Pequeñas y grandes proas aguardan a flote jornadas de pesca y ocio turístico, frente a algunas marisquerías agitadas tanto de día como de noche. Entre la fauna gastronómica de la región se agolpan las cigalas, las anguilas (‘brodetto’), las ostras o los mejillones de Ston, así como diversos tipos de carnes a la parrilla (‘cevapi’). El dulce se concentra en el dulce de membrillo (‘kontonjata’) o la ‘rozata’ (flan casero con matices locales). El aroma marino irrumpe con fuerza en este mirador pesquero que delimita al Este el asentamiento original. Fuera de las murallas, Dubrovnik ha crecido arriba y abajo del litoral, siempre a las faldas del monte Srd.

La Puerta Ploce destierra hacia la parte nueva, donde aguarda la playa Gradska Plaza. Frente a la ciudad reposa la isla de Lokrum, Parque Nacional Protegido; un poco más hacia el sur, restalla la belleza de Montenegro. Remontando la costa dálmata, Ston rememora la Edad de Piedra, mientras en el gran azul saltan a la vista numerosas islas hacia las que navegar.